La pregunta más importante de todas
Episodio 3
Resumen
Hay una pregunta que los grandes sabios consideraban la más importante de todas. Una pregunta que raramente nos hacemos, y que sin embargo, cuando se responde desde la experiencia y no desde la mente, lo cambia todo.
A lo largo de la vida aprendemos todo tipo de ideas, habilidades y conceptos. Pero hay algo fundamental que casi nadie se detiene a explorar. Algo que está más allá del nombre, la historia, el cuerpo y la mente.
Descubrir eso transforma la forma en que te relacionas contigo mismo y con los demás, la manera en que enfrentas las dificultades, y tu capacidad de encontrar una profunda paz, incluso en los momentos más desafiantes.
Transcripción
Hola, bienvenido, bienvenida a Desde la Presencia. Soy Héctor y te agradezco que estés aquí.
A lo largo de la vida aprendemos todo tipo de cosas. Y sin embargo, hay algo que raramente investigamos con detalle, que es: ¿Quién soy yo?
Ramana Maharshi, considerado uno de los sabios más importantes en la India, decía que para alcanzar la libertad interior uno debe preguntarse justamente eso: ¿Quién soy yo?
Para Maharshi, esta era la pregunta más importante, por encima de cualquier otra.
No es casualidad que en la antigua Grecia, a la entrada del templo de Apolo, estaban inscritas las palabras: Conócete a ti mismo.
Normalmente esta frase se interpreta desde el punto de vista psicológico. Es decir: conoce tu forma de ser, tus reacciones, tus límites. Y eso está muy bien. Es útil y tiene su lugar.
Pero en realidad, esas palabras apuntan a algo mucho más profundo. Se refieren a conocer la verdad de tu ser. Quien realmente eres.
Alguna vez te has hecho esa pregunta: ¿Quién soy yo, realmente?
Te propongo que lo exploremos juntos, no intelectualmente, sino desde tu propia experiencia.
Imagínate que alguien viene conmigo y le pregunto: “¿Quién eres?”
Y me responde: “Juan Pérez.”
Le digo: “Mucho gusto. Juan Pérez es tu nombre, pero… ¿tú quién eres?”
Juan responde: “Bueno, pues soy de México, estudié Ingeniería, estoy casado, tengo dos hijos y soy director de una empresa.”
Y yo le respondo: “Ah, muy bien, pero esa es tu historia. ¿Quién ha tenido todas esas experiencias?”
A estas alturas, el pobre Juan ya no sabe qué contestar.
Si te fijas con cuidado, hay algo en ti que no ha cambiado a lo largo de toda tu vida, ¿verdad?
Tu cuerpo ha cambiado muchísimo desde que naciste. Tu personalidad también, al igual que tus creencias.
Pero hay algo que ha notado todos esos cambios, ¿no es así? Algo de fondo que no ha cambiado.
Quizás te ha pasado que te ves al espejo y piensas: “No me siento de la edad que tiene mi cuerpo.”
En otras palabras, hay algo dentro de ti que no tiene edad.
¿Quién o qué es eso?
Considera lo siguiente:
Si tuvieras un accidente y perdieras ambos brazos, sería muy triste pero… lo que te hace fundamentalmente tú seguiría igual, ¿no es así?
Ya no tendrías brazos, pero algo en ti no cambiaría. Tú seguirías siendo tú, ¿verdad?
Un cirujano te podría trasplantar el corazón, uno de los órganos más importantes del cuerpo, pero tú seguirías siendo tú.
Entonces, tienes un cuerpo, evidentemente, pero tú no eres el cuerpo. La esencia de lo que eres está más allá del cuerpo.
Ahora, ¿eres tu personalidad?
Pues tampoco, ¿verdad?
Porque la personalidad que tenías cuando eras adolescente es diferente a la que tienes hoy. Y algo sabe, algo percibe ese cambio.
¿Eres tus pensamientos?
Como sabes, hay momentos en que la mente puede estar muy quieta y sabes “qué alivio, mi mente está calmada”. Luego hay otros momentos en que la mente está como loca.
Tú eres quien sabe que la mente está activa o que está quieta. Entonces, hay algo que está detrás o más allá de la mente.
Si tú fueras tus pensamientos, si tu fueras tu mente, entonces cuando la mente está quieta, tú desaparecerías, ¿no es así?
Ahora bien, ¿eres tus emociones?
Como sabes, cualquier emoción que tengas, aun si es muy intensa, es solo temporal. Después de un rato, la emoción se va y luego llega otra, ¿verdad?
Y entonces sabes: “Ahora hay calma.” O hay enojo, tristeza, angustia, miedo. Hay algo de fondo que está detrás de todas las emociones.
En otras palabras, no eres tu cuerpo. No eres tu personalidad, pensamientos, o emociones. De hecho, no eres nada que puedas percibir, medir, tocar o describir.
Entonces, ¿qué queda?
Queda ese yo que es el sujeto. Eso que observa. Eso que simplemente percibe. Y esa es la esencia de lo que eres.
De ese “yo”, no puedes decir que es grande o pequeño, hombre o mujer, de una cierta edad, nacionalidad, raza o religión. No tiene ninguna cualidad o atributo.
Solo puedes decir: “Eso es lo que soy. Esa es mi esencia, que nunca cambia, que está detrás o más allá de todo.”
Me gustaría compartirte la experiencia de uno de mis estudiantes.
Esta persona tuvo una crisis de salud y la tuvieron que operar de urgencia. Y en medio del dolor, la incertidumbre y el miedo, se dio cuenta de algo.
Cuando se identificaba con su cuerpo, con la preocupación, sentía una angustia que la rebasaba. Hasta el dolor físico se intensificaba.
Pero cuando volvía a su esencia, a ese yo que fundamentalmente es, algo cambiaba.
Y en medio de esa crisis, se dió cuenta: “A mí no me está pasando nada. Quien realmente soy está perfectamente bien.”
Esto no lo dijo desde la negación. No lo dijo desde una frialdad intelectual o emocional.
Lo dijo desde un reconocimiento real de su verdadera naturaleza. Y desde ahí pudo manejar todo con una serenidad que la sorprendió a ella misma.
Esto es precisamente lo que ocurre cuando reconoces lo que realmente eres.
No te vuelves insensible. Las cosas siguen importándote. El cuerpo sigue sintiendo, la mente sigue pensando, las emociones siguen apareciendo. Pero ya no te identificas completamente con todo ello. Hay una distancia. Una perspectiva. Un espacio desde donde puedes ver lo que ocurre, sin ser arrastrado por ello.
En la medida que vives desde ese espacio, todo cambia. La forma en que te relacionas con los demás. La forma en que enfrentas lo difícil. Encuentras algo dentro de ti que está en una perfecta paz, aun si las circunstancias a tu alrededor son increíblemente difíciles y la mente está como loca.
Es importante que sepas que intelectualmente, jamás podrás encontrar la respuesta a la pregunta ¿Quién soy yo?
Pero la pregunta en sí te ayuda a enfocar tu atención hacia dentro. Y cuando descubres, en tu propia experiencia, ese yo que no cambia, ese reconocimiento lo cambia todo.
Entonces, la invitación es muy sencilla:
Cada vez que tengas un momento y te acuerdes, hazte esta pregunta: ¿Quién está observando esto?
No trates de llegar a una respuesta conceptual. No trates de razonar. Solo trae tu atención de regreso a eso que observa. A ese yo que está detrás de todo lo que aparece.
Llegar a ese reconocimiento puede tomarte un instante. O puede que te tome años. No importa. Cada vez que traes tu atención hacia eso que observa, te acercas un poco más a ese descubrimiento que hace toda la diferencia.
Excelente. Gracias por escucharme. Nos vemos en el siguiente episodio.
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